lunes, 2 de marzo de 2009

Efemérides

Transitoriedad
El primer trabajo literario, en otras palabras, el primer poemario que escribí se llamó: Caminante solitario. Fue escrito entre junio y septiembre de 1992, en medio de un "oscurantismo" familiar. Digo así pues en mi casa la luz se iba a partir de las 5 de la tarde y no regresaba hasta las 11 p.m. Trata de un joven que recorre el mundo acompañado de dos elementos vitales: la soledad y su imaginacion.
Algunos versos rezaban así:

Hubo en el mundo
Un caminante solitario
Que en las noches de estrellas
Caminaba soñando
Él en su camino
Encontraba el silencio
del mundo interno
Que llevaba dentro
Dentro de su alma
Dentro de su cuerpo

Caminante caballero
Y solitario corazón...
Antologia poética
Empecé a escribir poesía desde los 13 años. Aún lo recuerdo. Todo se inició con unos versos tan profundos de "Estrellitas y duendes" de Juan Luis Guerra. Me tosté en tus mejillas...como el sol en la tarde...me quedé en tus pupilas, mi bien...ya no cierro los ojos...y me ahogo en los mares, de tu partida, de tu partida...
Precioso. En realidad, creo que el solo escuchar la letra acompañada de la melodía cadenciosa y profunda, me hace transportarme en el tiempo. Empecé a imaginar que el amor tocaba mi coranzoncito adolescente por culpa de una mirada inocente: Sandra Bianco.
¿Y quien es ella? No lo sé. Bueno, en verdad si lo se. La que no sabe quien soy yo, es ella. No lo sabe de verdad. Pero cómo yo sí lo sé. La historia es ésta.
A mis lindos y tiernos 13 años, solía ver con mi hermano menor: Yan kem po, que era una suerte de programa infantil. No lo veia por los juegos ni por los aminadores. Lo veia por las "modelos" que acompañaban a estos animadores, quienes eran chicas de mi edad aproximadamente. Dentro de las chicas, habia una que me impresiono, por su cabello negro oscuro, sus cejas pobladas, su tez clara y una sonrisa preciosa que dibujaba dos hoyitos en sus mejillas cada instante que sonreía. La miraba intermitentemente, mientras la camara ponchaba a los participantes. Mi mas grande anhelo era participar es ese programa, pero me daba roche. Además, mi mamá no se interesaba mucho, por su forma de ser, en llevarnos a la television, hacer unas colazas, padecer todo el sol de febrero, dejar la casa sola, etc. Entonces no nos daba fe para ir hasta allá, ademas de que no conocia que micro nos llevaba hasta allá. Bueno, para que entrar en más detalles vanos. Nunca llegué a ir, pero tenía una esperanza.
Ya empezaba marzo, es decir, ya empezaba el cole. Libros, cuadernos, nuevo uniforme, zapatos bien lustrados, camisa impecable y los benditos utiles escolares descritos detalladamente en una lista de papel bulky. Una mañana me levante mas temparano de los normal (lo normal era no levantarme temprano) y le pedi a mi viejo unos veinte soles para comprar los libros mas importantes e ir leyendolos para nbo aburrirme lo que restaba del verano. Mi padre atracó y me dio veinte duros.
Entonces me fui con mi hermano y mi mamá a Miraflores, todo pituco. Me paseaba con mis sunglasses "Rai - bam - ba", y mi reloj de Coca - cola. Bacán. Mucha gente, edificios enormes, calles repletas de carros fichos, gringuitas en short, patas con tablas surf, etc. Yo estaba pasandola bien. Los que se morian de calor eran mi vieja y mi hermano.
Entramos a la tan famosa y reconicida libreria Minerva, entre Larco y otra calle que no me acueerdo el nombre, pero era angostita. Saqué de mi lista de utiles, empece a indagar los precios, mientras mi hermano lloraba por un helado vasito afuera de la libreria. Mi mamá se lo tuvo que comprar.
El lugra se llenó. Toda la gente entra en marzo a estudiar. Calor adentro, calor afuera, calor de mier...Bueno, y el laberinto de comprar lo mas rapido posible. Mientra ya me empezaba a impacientar, sucedio lo menos pensado. Una niña, delgadita como el fideo crudo, de un cabello mas negro que petroleo puro, una sonrisa encantadora y unos labios delgados econdiendo unos dientes color perla, se acercó a mi fila; y con la misma se fue tras su padre, un señor alto y pelón.
Era ella, sí, era ella. Era Sandrita, la chica de la tele, la risueña, la que me gustaba. Le dije a mamám que se quedara haciendo la cola. Salí en su busqueda. La gente se cruzaba a proposito. Ella seguia caminando, en direccion a la caja. De pronto, salió de la libreria. Se detuvo por un momento. Llego una tia en carro, su papá abrio la puerta trasera. Ella subio. Yo sali del lugar. La vi. Ella me miró. Se quedó pensando. Yo, contemplándola. Le dije hola, pero no me escuchó (ni yo mismo me escuché). Moví mis labios y con mi mano la saludé. Ella, con su sonrisa de siempre, sus ojitos claros y sus pobladas cejas, me respondió el saludo. En ese momento, el carro partió. Se fue por esa callecita angosta y dobló a la derecha. Me quedé estático. La había visto y me había visto también. Ya sabe quién soy, y a la vez, lo olvidaría en el instante.
Al rato mi viejita salio cansada y sudorosa con los libros en los brazos. Mi hermano fregaba por otro helado y ya solo quedaba billete para el pasaje. En el micro, escuche otra vez esa canción, la misma con la que me desperté en la mañana: Viviré en tu recuerdo...
Y hasta ahora, vive en mi recuerdo...